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Mi infierno

El autor comenta el libro más reciente de Elsa Báez

  • Mi infierno
Víctor Bidó

El pasado nos sirve como aprendizaje en el sendero de la vida. El poema puede recorrer distintas vías para llegar a él, no importa la dirección si se logra el objetivo: El Poema. En el fondo, eso es lo que importa, pero tiene mucho que ver desde qué perspectiva se sitúe el poeta para penetrar su pasado. Cada poema es un fragmento de su biografía, pero no el simple rastreo personal, sino la biografía transcendente en el poema, que no es lo mismo que testificar. El poema cobra independencia estableciendo constelaciones que, por lo general, van más allá de la pura experiencia tocando al lector en su experiencia ajena a la vivencia original.

La poeta Elsa Báez no da un libro que lleva un título muy sugestivo: Mi  infierno. La palabra infierno deriva de la palabra latina ínfera, que literalmente significa “las partes bajas” y, a su vez, la traducción de una palabra griega y de dos del hebreo (Dicc. Bíblico Ilustrado). En el caso de nuestra poetisa su infierno tiene que ver con despojo y ahuecamiento que forman parte de los significados de la palabra en hebreo. Por eso vemos en los poemas la reiteración de la soledad, es decir, soledad en su sentido negativo. Obviamente de lo vivido o de lo ausente que marca esa angustia i arrojada a la profundidad de sí misma. Allí está poblada de figuras fantasmales que fueron presencias anheladas. Lo romántico es que las suscitan aún. El infierno de Elsa tiene pasajes muy tiernos, cosa reprobable en el Seol. El aspecto romántico no peca de expresiones gastadas. Esto se evidencia en poemas como Pozos (Pág. 37) o Mi Infierno (Pág. 27). Obviamente, no habla de un infierno exterior, sino de su infierno, es decir, de múltiples experiencias que no ha podido despojarse, que le ahuecan el presente. Otros poetas nos han hablado desde el infierno, como por ejemplo, uno muy clásico: La Divina Comedia de Dante. Este es guiado por Virgilio, ese gran poeta romano, y el objetivo es pasar por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso tras el amor de Beatriz. Dante transita por un infierno externo a él. En Elsa Báez es interno. Su mayor angustia está en que no puede restaurar lo perdido producto del apego, no importa los sentimientos porque, en sentido estricto, ya no existen. Este infierno puede ser evocado, verbigracias, por situaciones cotidianas como al estar frente a un café, como en uno de los poemas.

 

“Me gusta que te entregues

a mis labios y te estampes en mi lengua

deslizándote por mi garganta,

caminando por mi pecho mientras con

frenesí,

abrazo tu aroma y exhumo tu presencia.”

(Pág. 26)

 

Desenterrar la presencia, el amante que ya no está, es recuerdo de la pasión. La frustración sale a la superficie al no verse realizado el deseo. La soledad tiene un sabor angustioso y  toda insatisfacción, toda esperanza, todo milagro… conduce a la sutil llama de la existencia.

 

“Amo a un muerto que expide olor a rosas azules

que se sienta en mi cama y me besa los ojos.

amo a ese muerto que silencia mientras lloro…”

(Pág. 34)

Una vez más se muestra lo ya explicado.

La poeta tiene la esperanza de lograr un camino alboreado que, en este caso, es salir a la superficie, aunque no logramos vislumbrar tal salida. Su infierno no alude a Dios o al demonio, realidades trascendentes, ya sea hacia la ascensión o a las profundidades metafísicas. En cambio, ella está en el mundo subterráneo de los sentimientos consumados.

 

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