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Emerson Soriano

Cicatrices

Emerson Soriano

“Quien miente por amor ha inventado una verdad”
Casanova.

Lo había pensado mucho y aún no encontraba la forma, el momento ni el lugar donde  emprender esa aventura psicológica de dejar plasmada en papel la experiencia vivida junto a aquella mujer que cambió en él su manera de sentir el amor, de manifestarlo, de pensarlo; a partir de quien aprendió a estructurarlo todo con arreglo a ese conjunto de detalles que se le presentaba a veces como un universo cambiante donde, en ocasiones, el mundo giraba en torno a cuestiones de índole física (su modo de andar, forma de mirar, su olor, el sabor de su piel, la forma de reír, los gestos de enojo, pero sobre todo, la nariz; sí, su nariz, esa pieza aquilina, que parecía haber sido cincelada por un escultor ciego cuya falta de contacto con la realidad exterior de lo visual le había permitido mantenerse tan puro en su ideal de perfección que la hizo irrepetible en otro ser humano); o en ocasiones, ese universo se tornaba estrictamente psicológico: se centraba entonces en las cuestiones que no era capaz de descifrar en aquella personalidad mutante, que parecía discurrir su existencia en ciclos de diferentes matices, en los que se mostraba unas veces dócil, cariñosa, obsequiosa, aventurera y al pendiente del más nimio detalle; y otras, con una asombrosa capacidad para tejer mentalmente una taimada confabulación entre la aparente virtud de tendencia al bien y el concreto resultado del mal; añadiendo a esto una cruel actitud de desprecio por todo aquello que él había terminado en llamar la alcancía de los sentimientos.

Había escuchado que “una buena novela no es más que transposición poética de la realidad”. Y he aquí su primer tropiezo: no era un novelista, no era un escritor y mucho menos poeta.  Nunca se había enfrentado a la realidad de escribir por géneros, carecía de los conocimientos preceptivos para ello; apenas se había atrevido a hacer, para su propio consumo, algunas cosas comunes en los “poetas menores”.

Lo había conversado con su amigo Colón, con quien compartía en sus tertulias nocturnas las ilusiones de un amor perfecto y las decepciones del amor frustrado. Él también padecía los horrores que produce un obligado distanciamiento del ser amado derivado, quién sabe, si del desamor o la conveniencia. La amaba como a nada en el mundo, pero los separaban grandes muros el primero de los cuales era el de la edad. Habiendo pensado que amar un ser más joven constituía “el error más dulce” que se pueda cometer, entregó, a más de su cuerpo,  la causa de su existencia, su esencia misma, en las interminables noches de “amor recíproco” deducido del mágico mundo que adornó, más de una vez, las sesiones amatorias quincenales que, sin poder definirlo, recibía por pasión o gratitud.

Convinieron que, al igual que el género dramático de la tragedia, escribir lo padecido podría resultar catártico, cerraría las heridas, y de seguro, sus cicatrices no volverían a abrirse, sobre todo, si tomaban la providencia de establecer, como fórmula definidora, la expresión aritmética de lo dado y lo recibido, por aquello de que: “quien pone más sufre menos.

Así  tomó Allan la decisión de escribir la novela, su novela, la de Eva y Edgar; la aventura de un relato que podía resultar cielo o infierno, vida o muerte y cualquier otra cosa, excepto recuperación de lo perdido.

El autor es abogado y politólogo

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