Días después de que Rusia vetó en la ONU un plan de paz respaldado por Estados Unidos, altos funcionarios rusos sostuvieron ayer martes una reunión de emergencia con el presidente sirio Bashar Assad y lo presionaron para que aplique reformas y busque un acuerdo que ponga fin a la insurrección, sin necesidad de que deje el poder.
Miles de partidarios del gobierno aplaudieron y agitaron banderas al paso de los rusos en Damasco, mientras hacia el norte, las fuerzas de Assad atacaron la ciudad de Homs, baluarte opositor, lo que revela las divisiones que arrastran el país hacia la guerra civil.
La violencia ha provocado el aislamiento internacional más grave que haya conocido el país en más de 40 años de gobierno de la dinastía Assad, con el retiro de numerosas delegaciones diplomáticas del país.
Francia, Italia, España y Bélgica retiraron sus embajadores, lo mismo que Arabia Saudí y otras cinco naciones del Golfo Pérsico.
Alemania dijo que no reemplazaría a su enviado, a quien retiró días atrás.
Washington cerró su embajada y Londres retiró a su embajador.
Turquía, antes un partidario firme de Assad y ahora uno de sus críticos más activos, sumó su voz a la condena internacional.
El primer ministro Recep Tayyip Erdogan dijo que su país no podía asistir en silencio a las masacres y que “lanzará una nueva iniciativa...”.