Con su astucia y belleza exótica, Cleopatra, la última y más famosa reina de Egipto (69-30 a.C.), es durante treinta años una figura dominante en los asuntos de Estado mediterráneos, utilizando sus encantos personales para favorecer sus ambiciones políticas.
Sostiene un romance con Julio César que le permite conservar la independencia de Egipto.
Después de la muerte de este, ordena el asesinato de su hermano Ptolomeo XIV para afianzarse en el trono con su hijo.
Enterada de la aparición del nuevo gobernante romano, Marco Antonio, decide seducirlo para consolidarse en el poder.
Este general también se enamora de ella y pierde la cabeza.
Las orgías de la reina
Diversos historiadores sostienen que Cleopatra organizaba orgías nocturnas de varias semanas de duración.
Los participantes se entregaban a toda suerte de libertinaje.
La reina complacía las notorias aficiones de Marco Antonio a los chistes obscenos y a las conversaciones sexualmente provocativas.
La pareja visitaba los lugares de placer de las afueras de Alejandría, y corrían rumores escandalosos sobre la afición de ella a practicar promiscuamente la felación a nobles romanos.
El gran revés
En la batalla de Accio, Octavio derrota a Marco Antonio y a Cleopatra, y esta última huye a esconderse en su mausoleo.
Entre tanto, Antonio recibe un informe según el cual Cleopatra se había suicidado y, en su dolor, se clava un puñal y muere.
Sola, frente al enemigo, la reina se esfuerza en seducir a Octavio para ganar sobre el su tercera conquista en Roma.
Mas, por una vez, sus dotes de seductora le fallan.
Entonces Cleopatra, cuyo nombre completo era Cleopatra Filopator Nea Thea, (Cleopatra VII), se quita la vida, haciendo que un áspid la mordiera.
¿QUÉ SE PUEDE ESPERAR DE SU CONDUCTA?
Enseñanza bíblica: La vida y la conducta de Cleopatra lleva a reflexionar en las palabras del primer libro del apóstol Pablo a los Corintios:
“No erréis, ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los homicidas, ni los adúlterosÖ ni los ladrones, ni los avaros, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1 Corintios 6:9-10).