Quién no se ha detenido un momento a pensar: ¿cuál es el propósito de la vida? Todos en alguna etapa de nuestra existencia nos hemos hecho esta interrogante, tal vez sin encontrar una posible respuesta en el momento desconsolado e inexplicable por el que atravesamos. Las desilusiones, decepciones y pérdidas de la vida provocan que, como seres humanos vulnerables, que albergamos en nuestro interior una serie de emociones, nos sintamos sin motivos para continuar con el don de la vida. El ejemplo más común, y que todos hemos experimentado a la edad que tengamos, es la separación física de un ser querido, la muerte, que es una ley natural de la vida, que no estamos preparados para afrontar. Cuando llega ese fatídico momento de despedida, todo se torna triste a nuestro alrededor. Llegamos a pensar que no vale la pena esforzarnos por lograr nuestros sueños si un día abandonamos esta tierra y todo se queda, entonces es cuando nuestra mente se nubla al creer que todo se acaba. De este mar de sentimientos encontrados, sale al final una esperanza para todos: saber que hay un ser celestial que nos ama y bendice a diaro, Dios; que ese ser especial que con su adiós causó lágrimas profundas de dolor, compartió su vida contigo, que dejó en ti un una huella viva de amor, una experiencia única. Al final, en medio del vacío físico, sobreviven la sonrisa y las expresiones más comunes de él o ella, aquello que nos hacía identificar con su personalidad, su esencia. Entonces cuando llega la serenidad a nuestra mente, entendemos que el verdadero propósito de la vida es vivir cada momento al máximo, ser auténticos, ver en cada escena cotidiana una razón para sonreír, ayudar, ser amables y sensibles ante el sentir de los demás; amar y luchar por aquello que nos apasiona. Nuestro legado, nuestro ejemplo, nuestro espíritu permanecen en todos aquellos que fueron testigos fieles de esa vida. Se queda en nosotros lo más importante y sustancioso de él o ella: un recuerdo que nos hace vivir. Para comunicarse con la autora