Y como decía la chica de una telenovela “¡qué difícil es ser yo”! Hace poco leí un cuento que me llamó poderosamente la atención y que comparto con ustedes:
La noche tendió su oscuro manto sobre el bosque. Era esta la señal que esperaba nuestra amiga la luciérnaga para salir de su letargo y recorrer la espesura de la maleza. Pero esta vez se sentía distinta; su alborozado cuerpo vibraba incontrolablemente hasta que un haz de luz fosforescente la transformó por completo.
Encendida por su propia bioluminiscencia interna, la luciérnaga resultaba demasiado tentadora para los machos de su especie que pronto alzarían el vuelo en el intento de cubrir a la refulgente hembra. Sin embargo, tanta luz en medio de la oscuridad no pasó desapercibida para una seseante víbora.
Excitada, la serpiente empezó a perseguir a nuestra luminosa protagonista que, resistiéndose a tan cruel destino, intentó zafarse a la carrera, a sabiendas de que sus patitas no podían dar más de sí. Metro a metro, su depredador iba ganando terreno a una presa cada vez más exhausta, hasta que finalmente las fuerzas de la luciérnaga fallaron, habiendo de rendirse a la evidencia de una muerte segura.
Sin embargo, antes de que la serpiente pudiese aprisionarla en un abrazo mortal todavía tuvo tiempo de revolverse el gusano de luz para increparle con rabia:
-¿Por qué, por qué yo? Maldita víbora, nunca te he hecho ningún mal. Ni siquiera pertenezco a tu cadena alimenticia. Entonces, ¿por qué quieres devorarme?
Y la serpiente siempre astuta y rápida de contesta, respondió:
¡Porque simplemente no soporto verte brillar!
Napoleón Bonaparte dijo: La envidia es una declaración de inferioridad.